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La menor dependencia de las estructuras partidarias, el protagonismo de las redes sociales y la aparición de nuevas formas de liderazgo están modificando el comportamiento político de los dominicanos. Los últimos sondeos de prestigiosas firmas muestran un electorado más autónomo y abierto a figuras provenientes de fuera de los partidos tradicionales, un fenómeno que podría convertirse en una de las claves del escenario hacia 2028.

SANTO DOMINGO.— La República Dominicana atraviesa una transformación política que difícilmente pueda explicarse solamente a partir de candidatos, partidos o resultados electorales. El cambio parece producirse en un nivel más profundo: en la manera en que los ciudadanos construyen sus preferencias, se relacionan con sus dirigentes y deciden quién puede representarlos.

El sistema de partidos continúa ocupando un lugar central en la democracia dominicana y las principales organizaciones conservan estructuras nacionales, liderazgos reconocidos y una importante capacidad de movilización. Sin embargo, alrededor de esa arquitectura tradicional está creciendo un electorado más independiente, menos condicionado por la militancia y mucho más expuesto a nuevas formas de construcción de liderazgo. La política ya no transcurre exclusivamente dentro de los partidos, los actos públicos o los medios tradicionales. Una parte sustancial de la conversación nacional ocurre hoy en las redes sociales y las plataformas digitales.

Los últimos sondeos realizados por prestigiosas firmas permiten dimensionar ese proceso. Uno de los datos más significativos indica que el 48,6% de los dominicanos estaría dispuesto a considerar electoralmente para la Presidencia a una personalidad proveniente de los medios digitales o las redes sociales y sin trayectoria previa dentro de los partidos políticos tradicionales. Dentro de ese universo, un 31,4% afirma estar muy dispuesto y otro 17,2% algo dispuesto a contemplar esa posibilidad.

El dato no significa que prácticamente la mitad del país esté buscando necesariamente un influencer para ocupar la Presidencia ni que una audiencia digital pueda convertirse automáticamente en votos. La lectura política es diferente y posiblemente más trascendente: para casi uno de cada dos dominicanos, haber desarrollado una carrera dentro de las estructuras partidarias ya no constituye una condición indispensable para considerar a una persona capaz de competir por la máxima responsabilidad política del país.

Durante décadas, el recorrido hacia el liderazgo nacional estuvo estrechamente relacionado con la vida partidaria. La militancia, la construcción territorial, los cargos internos y la experiencia en funciones públicas constituían los caminos habituales para alcanzar reconocimiento nacional. Los partidos funcionaban, además, como grandes intermediarios entre dirigentes y ciudadanos. El elector conocía muchas veces al candidato porque previamente conocía y reconocía al partido que lo presentaba.

El ecosistema digital comenzó a modificar esa secuencia. Hoy una persona puede alcanzar un enorme nivel de conocimiento público antes de ingresar a una organización política. Puede construir una audiencia, desarrollar una identidad propia, generar una comunidad y establecer una relación cotidiana con cientos de miles de personas sin haber participado previamente de una estructura partidaria. El ciudadano puede conocer primero al dirigente o al comunicador, desarrollar confianza en él y preguntarse solamente después cuál podría ser su pertenencia política.

Este cambio adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa el grado de identificación partidaria de ese nuevo universo electoral. Entre los ciudadanos que estarían dispuestos a votar por una personalidad proveniente del mundo digital, el 64,2% declara no militar en ningún partido político. Incluso entre quienes no contemplan esa posibilidad, la ausencia de militancia alcanza al 56,4%.

No sería correcto interpretar esos porcentajes como un rechazo de la sociedad dominicana hacia los partidos. Los datos no permiten semejante conclusión. Lo que sí muestran es una realidad diferente: existe una amplia franja de ciudadanos que puede participar activamente de la vida política, interesarse por los asuntos públicos y tomar decisiones electorales sin necesidad de mantener una pertenencia partidaria formal.

Ese fenómeno puede estar dando lugar a un elector diferente al de generaciones anteriores. Se trata de un ciudadano que conserva su derecho a identificarse con una organización, pero que no necesariamente considera esa identificación permanente. Puede valorar dirigentes de espacios diferentes, modificar su voto entre una elección y otra o apoyar a una persona determinada sin trasladar automáticamente ese respaldo a toda la estructura política que la acompaña.

La política de la proximidad

La transformación no se explica solamente por la tecnología. Las redes sociales proporcionaron las herramientas, pero detrás del fenómeno existe un cambio en la forma en que los ciudadanos construyen confianza.

Entre las razones mencionadas para considerar electoralmente a una figura del universo digital aparecen la capacidad de hablar de manera más clara, comprender los problemas de la gente común, mostrar determinación frente a determinados desafíos o generar identificación a partir de su historia y de su manera de ser.

La proximidad comienza así a convertirse en un activo político. Las personalidades digitales establecen con sus audiencias una relación diferente de la que históricamente construían los dirigentes mediante los canales tradicionales. Sus seguidores pueden escucharlas diariamente, observar sus reacciones ante acontecimientos nacionales, conocer aspectos de sus vidas y, en algunos casos, interactuar directamente con ellas.

Esa relación genera una percepción de cercanía que modifica las reglas de la comunicación política. Antes, el dirigente hablaba y el ciudadano escuchaba. Hoy el ciudadano responde, comenta, cuestiona, comparte y puede transformar en cuestión de minutos una declaración política en una conversación nacional. La comunicación deja de ser exclusivamente vertical y se convierte en un proceso mucho más horizontal.

Esto no supone la desaparición de los medios tradicionales. La televisión, la radio, la prensa y los portales informativos mantienen una enorme capacidad para organizar la agenda pública. Lo que ocurre es que ahora conviven con un sistema descentralizado en el que millones de ciudadanos reciben, producen y distribuyen información simultáneamente.

Los partidos mantienen su centralidad

El crecimiento de un electorado independiente tampoco implica que los partidos hayan perdido su papel. Cuando se consulta por preferencias políticas, PRM, Fuerza del Pueblo y PLD continúan concentrando la mayor parte de las adhesiones, confirmando que las organizaciones tradicionales siguen siendo fundamentales para ordenar la competencia democrática.

Los partidos poseen, además, activos que ninguna personalidad digital puede construir rápidamente. Tienen organización territorial, dirigentes provinciales y municipales, experiencia electoral, equipos técnicos y capacidad para convertir un liderazgo individual en una propuesta nacional. Una comunidad digital puede proporcionar notoriedad e incluso influencia, pero competir por el poder requiere una infraestructura política considerablemente más compleja.

Por eso, el escenario que comienza a dibujarse en República Dominicana probablemente no sea una confrontación entre los partidos y las figuras surgidas de internet. Todo indica que podría producirse una convergencia entre ambos universos. Los dirigentes tradicionales incorporarán cada vez más los códigos de comunicación y proximidad desarrollados en las plataformas digitales, mientras que quienes pretendan trasladar su popularidad en las redes al terreno electoral necesitarán organización, equipos y capacidad política.

La verdadera competencia podría producirse, entonces, entre quienes comprendan esa transformación y quienes continúen interpretando al electorado con las categorías de hace veinte años.

Del militante al ciudadano independiente

La historia política dominicana estuvo durante décadas atravesada por fuertes identidades partidarias. Las organizaciones constituían espacios de pertenencia que podían transmitirse dentro de las familias y mantenerse durante generaciones. Esa cultura no ha desaparecido, pero ahora convive con una sociedad mucho más conectada y con mayores posibilidades de construir su identidad política de manera individual.

El teléfono celular se convirtió en una de las principales puertas de acceso a la vida pública. Por allí circulan noticias, discursos, debates, transmisiones en vivo, opiniones y contenidos que pueden alcanzar a millones de personas sin necesidad de pasar por las estructuras tradicionales de comunicación. Esa transformación afecta particularmente a las nuevas generaciones, pero no se limita a ellas.

La consecuencia política es significativa. El ciudadano tiene hoy capacidad para observar permanentemente a quienes aspiran a representarlo. Puede contrastar declaraciones, recuperar videos antiguos, comparar posiciones y reaccionar inmediatamente frente a cualquier acontecimiento. El dirigente ya no se comunica con el electorado solamente durante las campañas. Está sometido a una evaluación prácticamente permanente.

En ese contexto, la identidad personal adquiere un peso creciente. La capacidad de comunicar, transmitir autenticidad y establecer una relación reconocible con el ciudadano comienza a complementar atributos tradicionales como la experiencia, la estructura partidaria y la trayectoria pública.

Una transformación que excede a República Dominicana

El fenómeno forma parte de un proceso más amplio que atraviesa numerosas democracias. En distintos países aparecieron empresarios, comunicadores, periodistas, deportistas y personalidades provenientes de ámbitos ajenos a la política que consiguieron trasladar su notoriedad hacia el terreno electoral.

La particularidad dominicana reside en la intensidad con la que la sociedad consume información y participa de la conversación pública. La radio, la televisión y, más recientemente, las plataformas digitales ocupan un lugar central en la vida cotidiana del país. Esa combinación crea un escenario especialmente dinámico para la aparición de nuevos liderazgos.

Sin embargo, notoriedad y liderazgo político continúan siendo conceptos diferentes. La popularidad puede abrir la puerta de una candidatura, pero gobernar requiere capacidad para construir consensos, formar equipos, comprender el funcionamiento institucional y administrar estructuras complejas. Precisamente por eso, el futuro podría pertenecer menos a los outsiders absolutos que a aquellos dirigentes capaces de combinar ambos mundos: la proximidad de la comunicación contemporánea con la capacidad institucional de la política.

El camino hacia 2028

Las elecciones presidenciales de 2028 todavía están suficientemente lejos como para que cualquier pronóstico resulte prematuro. Los partidos deberán definir sus candidaturas, construir alianzas y desarrollar estrategias para un escenario que seguramente experimentará modificaciones antes de llegar a las urnas.

Pero hay una transformación que ya parece estar en marcha y que probablemente condicionará esa competencia. La próxima elección dominicana tendrá un componente digital mucho mayor que cualquier proceso anterior. Las campañas territoriales, los actos políticos, la televisión y la radio seguirán siendo importantes, pero compartirán protagonismo con millones de conversaciones desarrolladas diariamente en las pantallas de los teléfonos.

Cada candidato deberá competir simultáneamente por el territorio y por la atención. Tendrá que construir organización política, pero también comunidad. Necesitará propuestas, pero deberá ser capaz de explicarlas en un lenguaje que pueda atravesar un ecosistema comunicacional caracterizado por la velocidad y la fragmentación.

En ese contexto, la existencia de una importante masa de ciudadanos sin militancia partidaria puede convertirse en uno de los territorios centrales de la competencia política de los próximos años. No porque esos ciudadanos hayan abandonado la política, sino porque disponen de mayor autonomía para decidir a quién acompañar.

La nueva sociedad política dominicana

República Dominicana mantiene un sistema democrático competitivo, partidos nacionales consolidados y una sociedad con una fuerte tradición de participación política. Sobre esa estructura histórica está apareciendo, sin embargo, una nueva forma de ciudadanía que incorpora las herramientas y los hábitos de la era digital.

Los últimos sondeos de prestigiosas firmas ofrecen dos indicadores que permiten dimensionar esa transformación: casi la mitad de los ciudadanos estaría dispuesta a considerar electoralmente a una personalidad surgida fuera de los partidos tradicionales y, dentro de ese universo, más del 64% no mantiene militancia partidaria.

No son datos que anuncien la desaparición de las organizaciones políticas. Por el contrario, pueden anticipar una nueva etapa en la cual los partidos deberán ampliar su capacidad para incorporar ciudadanos y liderazgos que se construyeron fuera de sus estructuras.

La transformación más importante, por lo tanto, quizás no sea la aparición de un nuevo partido o de un candidato inesperado. Puede ser algo bastante más profundo: el surgimiento de un ciudadano que mantiene interés en la política pero reclama mayor libertad para decidir cómo, cuándo y a través de quién quiere sentirse representado.

La República Dominicana que avance hacia 2028 seguirá teniendo partidos, estructuras y liderazgos tradicionales, pero convivirá con una sociedad cada vez más conectada, autónoma y abierta a nuevas formas de representación. Entender esa combinación será probablemente una de las claves para interpretar la próxima etapa de la política dominicana.

Redacciòn, El Sol América