La región vuelve a cambiar de signo político. Después de la denominada “marea rosa”, una sucesión de triunfos conservadores modificó el mapa latinoamericano y abrió nuevamente el debate sobre un giro hacia la derecha. Sin embargo, detrás de esa fotografía electoral aparece una pregunta más compleja: ¿los latinoamericanos cambiaron de ideología o simplemente volvieron a castigar a quienes gobernaban?
América Latina parece empeñada en repetir su propia historia. Durante las últimas décadas, la región pasó de gobiernos liberales y conservadores a la denominada “marea rosa”, regresó hacia la derecha y volvió después a abrazar proyectos progresistas. Ahora, una vez más, el péndulo cambió de dirección.
Argentina con Javier Milei, El Salvador con Nayib Bukele, Chile con José Antonio Kast, Ecuador con Daniel Noboa, Perú con Keiko Fujimori, Colombia con Abelardo de la Espriella y Paraguay con Santiago Peña dibujan, con diferencias sustanciales entre sus gobiernos, una América Latina mucho más inclinada hacia la derecha que la que existía hace apenas algunos años.
La llegada de De la Espriella al poder en Colombia terminó de fortalecer esa imagen y llevó a distintos medios y analistas internacionales a preguntarse si la región atraviesa una nueva ola conservadora. Reuters interpretó precisamente el resultado colombiano como parte de un desplazamiento regional hacia la derecha, mientras otros análisis recientes han puesto el foco en la aparición de una nueva generación de liderazgos conservadores, más confrontativos y menos dependientes de las estructuras partidarias tradicionales.
La fotografía existe. Lo que resulta mucho más difícil es explicar qué hay detrás de ella.
Porque afirmar simplemente que América Latina “se volvió de derecha” puede ser tan apresurado como lo fue sostener, algunos años atrás, que la región se había convertido definitivamente en territorio de la izquierda.
La experiencia reciente demuestra exactamente lo contrario.
Los mismos países que llevaron al poder a dirigentes progresistas después castigaron a esos gobiernos. Y sectores sociales que durante décadas parecían electoralmente vinculados con la izquierda comenzaron a respaldar candidatos liberales o conservadores.
Ese fenómeno obliga a distinguir entre identidad ideológica y comportamiento electoral.
Tal vez el latinoamericano promedio no esté desplazándose definitivamente de izquierda a derecha. Tal vez esté haciendo algo bastante más sencillo: votar contra quien gobierna cuando siente que su vida no mejora.
Esa interpretación aparece con fuerza en varios análisis recientes sobre la región. Economía, inseguridad, corrupción, deterioro de los servicios públicos y rechazo a los oficialismos parecen explicar una parte considerable de los cambios electorales. El voto conservador, en ese sentido, no sería necesariamente un voto ideológico permanente. En muchos casos podría ser un voto castigo.
Y esa diferencia es políticamente decisiva.
El mismo ciudadano que hace cinco años responsabilizaba a un gobierno de derecha por sus problemas puede hoy responsabilizar a uno de izquierda. No necesita convertirse ideológicamente. Le alcanza con cambiar de candidato.
Quizás allí esté una de las claves del famoso péndulo latinoamericano: no cambia necesariamente la ideología de las sociedades; cambia el responsable al que esas sociedades deciden pasarle la factura.
Hay, sin embargo, algo nuevo en la derecha que está capitalizando ese descontento.
No se trata simplemente del regreso de los viejos partidos conservadores. Milei y Bukele son probablemente los ejemplos más evidentes de una generación de dirigentes que comprendió que una parte importante del electorado ya no busca moderación: busca respuestas.
Milei llegó a la Casa Rosada enfrentándose no solamente al kirchnerismo, sino también al radicalismo, al PRO y a buena parte del sistema político argentino. Convirtió a “la casta” en adversario y al enojo social en combustible electoral.
Bukele construyó un modelo completamente diferente, pero igualmente disruptivo. Colocó la seguridad en el centro absoluto de su proyecto político y obtuvo niveles extraordinarios de respaldo interno a partir de su ofensiva contra las pandillas, aunque acompañado por fuertes cuestionamientos internacionales en materia de derechos humanos y calidad institucional.
Kast, Noboa, Fujimori o De la Espriella tienen historias y propuestas diferentes. Sería incorrecto presentarlos como integrantes de un movimiento homogéneo. Pero todos operan dentro de un escenario regional donde la demanda de orden, seguridad y resultados concretos adquirió un peso que buena parte de la política tradicional subestimó.
El avance del narcotráfico y del crimen organizado modificó las prioridades electorales. En sociedades donde salir a la calle, utilizar el transporte público o mantener abierto un comercio puede convertirse en una preocupación cotidiana, la discusión sobre izquierda y derecha pierde abstracción.
El miedo también vota.
Y vota el bolsillo.
Porque detrás de todos los cambios políticos de América Latina continúa apareciendo la economía. Inflación, salarios, empleo, pobreza y pérdida de poder adquisitivo terminan sometiendo a cualquier discurso ideológico a una prueba elemental: ¿la gente vive mejor o peor?
Los gobiernos pueden explicar durante años las razones macroeconómicas de una crisis, señalar las responsabilidades de sus antecesores o pedir tiempo para que las reformas produzcan resultados. Pero el elector realiza una cuenta bastante menos sofisticada cuando llega a las urnas: cuánto gana, cuánto gasta y qué futuro imagina para su familia.
Cuando esa cuenta no cierra, generalmente tampoco cierran las elecciones para el oficialismo.
El problema de la izquierda latinoamericana, por eso, es más profundo que una serie de derrotas electorales. Necesita preguntarse cómo una parte de los trabajadores, jóvenes y sectores populares que constituyeron históricamente su base terminó encontrando representación en candidatos de derecha.
Explicarlo exclusivamente por Donald Trump, las redes sociales o el crecimiento de discursos radicales resulta insuficiente.
Cuando un trabajador afectado por años de deterioro salarial decide votar a Milei, o cuando sectores populares priorizan las políticas de seguridad de Bukele por encima de las objeciones institucionales, hay un mensaje que la política tradicional debería escuchar.
Una parte del electorado dejó de votar por pertenencia y comenzó a votar por urgencia.
Pero allí aparece también la gran advertencia para las nuevas derechas.
El voto del hartazgo es poderoso para llegar al Gobierno. Mucho menos seguro para permanecer en él.
Quien gana denunciando al sistema termina, inevitablemente, convirtiéndose en parte del sistema cuando asume el poder. Milei ya no es solamente el candidato que explicaba quiénes eran responsables de la decadencia argentina. Es el Presidente y, por lo tanto, debe responder por el presente.
Lo mismo ocurrirá con cada gobierno conservador que haya llegado prometiendo orden, crecimiento y eficiencia.
El voto castigo tiene una característica brutal: es un voto prestado.
Puede cambiar nuevamente de destinatario.
Y esa es precisamente la razón por la cual las celebraciones sobre una supuesta hegemonía definitiva de la derecha latinoamericana pueden resultar prematuras.
Hace pocos años se cometió el mismo error desde el otro lado. El regreso de Lula da Silva en Brasil, el triunfo de Gabriel Boric en Chile, la llegada de Gustavo Petro al poder en Colombia y la victoria de Alberto Fernández en Argentina fueron interpretados como señales de una nueva era progresista.
Esa era tampoco fue definitiva.
La izquierda continúa siendo, además, una fuerza política extraordinariamente poderosa. México y Brasil impiden cualquier lectura simplista de un continente uniformemente conservador. Y lo que ocurra en Brasil será especialmente importante para determinar la profundidad real del cambio regional.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca agrega otro componente. Washington encuentra hoy más interlocutores ideológicamente próximos y mayores coincidencias en seguridad, migración, narcotráfico y economía de mercado. Pero atribuir a Trump la transformación latinoamericana sería confundir influencia con causa.
Estados Unidos puede fortalecer alianzas. No puede fabricar el descontento que llevó a millones de latinoamericanos a cambiar su voto.
Ese descontento nació en Buenos Aires, Bogotá, Santiago, Lima o Quito. Nació del bolsillo, de la inseguridad, de la corrupción y de la sensación de que gobiernos de diferentes signos prometieron demasiado y resolvieron demasiado poco.
Allí está probablemente la explicación más incómoda de todas.
América Latina quizá no se haya vuelto de derecha. Puede que simplemente se haya cansado de la izquierda.
Pero la derecha debería recordar que hace apenas unos años sucedió exactamente lo contrario: América Latina no se había vuelto definitivamente de izquierda. Se había cansado de la derecha.
Y así volvemos al punto de partida.
El famoso péndulo.
Durante décadas cambió de dirección mientras demasiados problemas permanecieron en el mismo lugar: pobreza, desigualdad, corrupción, inseguridad, empleo precario, educación deficiente y falta de oportunidades.
La izquierda llega prometiendo solucionar aquello que no resolvió la derecha. La derecha vuelve prometiendo reparar aquello que hizo mal la izquierda. Y entre ambas aparece un ciudadano cada vez menos paciente, menos dispuesto a entregar cheques en blanco y más proclive a utilizar el voto para castigar.
Quizás por eso la pregunta verdaderamente importante no sea si América Latina será de izquierda o de derecha durante los próximos años.
La pregunta es quién conseguirá romper el ciclo.
Porque el verdadero triunfo político no será conseguir que el péndulo llegue una vez más hasta el otro extremo. Será gobernar de manera suficientemente eficaz como para que millones de ciudadanos no vuelvan a sentir la necesidad de empujarlo en dirección contraria.
Hasta entonces, izquierda y derecha podrán festejar alternativamente sus victorias.
Y América Latina seguirá protagonizando, elección tras elección, su propia historia sin fin.
Lic. Federico Della Rosa