INFORME DE LEO PARA EL SOL EL HOMBRE ….

Trabajadores textiles en India llevan cámaras en la cabeza que registran sus movimientos para generar datos con los que se entrenan sistemas de inteligencia artificial y robótica. La escena parece anticipada por la ciencia ficción, pero plantea una pregunta mucho más antigua: si las máquinas terminan desplazando al ser humano, ¿será realmente responsabilidad de las máquinas?

La imagen podría pertenecer a una película de ciencia ficción. Sin embargo, ocurre hoy en fábricas de India. Trabajadores textiles realizan sus tareas con pequeñas cámaras instaladas en la cabeza que registran durante horas el movimiento de sus manos, la manera de manipular una tela, ajustar un telar o solucionar un problema mecánico. El material se convierte en lo que la industria denomina egocentric data: información en primera persona utilizada para enseñar a sistemas de inteligencia artificial y futuros robots cómo ejecutan los humanos determinadas tareas físicas.

El caso fue documentado por The Indian Express en mayo de 2026. El periódico relató, entre otros ejemplos, la experiencia de Ashish Narayan, técnico de una fábrica textil de Nagpur, que utiliza durante prácticamente toda su jornada un dispositivo que registra cómo trabaja. En Tamil Nadu, otras trabajadoras utilizan anteojos inteligentes para registrar tareas manuales. La empresa Objectways explicó al periódico que recopila este tipo de información en India y otros países para posteriormente procesarla y suministrarla a compañías dedicadas al desarrollo de robótica.

El artículo original puede consultarse aquí, con el enlace completo solicitado:
Artículo original de The Indian Express

La contradicción resulta difícil de ignorar: el conocimiento acumulado por un trabajador durante años puede convertirse en los datos necesarios para que una máquina aprenda a realizar parte de su trabajo. Para la industria, la ecuación ofrece enormes posibilidades de productividad, escala y reducción de costos. Para el trabajador, introduce una incertidumbre mucho más elemental: qué ocurrirá cuando aquello que solamente él sabía hacer también pueda hacerlo una máquina.

La discusión, sin embargo, suele comenzar en el lugar equivocado. Se habla de robots que “nos quitarán” los empleos o de una inteligencia artificial que “reemplazará” a las personas como si esas tecnologías hubieran llegado a la Tierra por decisión propia. Pero detrás de cada robot existen ingenieros, empresas e inversores; detrás de cada algoritmo existen programadores y objetivos humanos; y detrás de cada decisión de sustituir una tarea realizada por una persona existe, finalmente, otra persona tomando esa decisión.

La inquietud tampoco nació con la inteligencia artificial. En “R.U.R.”, la obra teatral publicada por Karel Čapek en 1920 que popularizó precisamente la palabra robot, los seres artificiales creados para liberar a los humanos del trabajo terminaban rebelándose contra sus creadores. En “Metrópolis”, la película de Fritz Lang de 1927, la máquina y la deshumanización del trabajo industrial aparecían como elementos centrales de una sociedad radicalmente dividida. Décadas después, Isaac Asimov intentaría imaginar en “Yo, robot” una convivencia regulada entre seres humanos y máquinas mediante sus célebres leyes de la robótica.

Stanley Kubrick llevó el interrogante todavía más lejos en “2001: Odisea del espacio” (1968), dirigida por Stanley Kubrick y desarrollada junto al escritor británico Arthur C. Clarke, a partir de ideas que también desembocarían en la novela homónima publicada ese mismo año. HAL 9000 no representaba simplemente una computadora poderosa, sino el temor de que una creación humana, dotada de inteligencia y autonomía, desarrollara una lógica incompatible con los intereses de quienes la habían construido. Décadas después, “Blade Runner” (1982) —dirigida por Ridley Scott y, lejos, mi película preferida—, inspirada en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? del maestro Philip K. Dick, publicada en 1968, trasladó la pregunta hacia un terreno todavía más perturbador: qué significa realmente ser humano. La relación entre Rick Deckard y la replicante Rachael, atravesada por el amor y por la deliberada ambigüedad acerca de la propia naturaleza de Deckard (es humano o androide?), convirtió esa pregunta en la base de una obra extraordinaria que, más de cuatro décadas después, parece cada vez menos ciencia ficción.

“The Terminator” (1984), dirigida y coescrita por James Cameron, llevó el temor hacia su versión extrema a través de Skynet, una inteligencia artificial creada para la defensa que adquiere conciencia y termina concluyendo que su principal amenaza es precisamente la humanidad que la creó. Y ni hablar de “The Matrix” (1999), escrita y dirigida por Lana y Lilly Wachowski, donde la ecuación alcanza una dimensión todavía más radical: las máquinas ya no sustituyen simplemente al hombre en su trabajo, sino que construyen una realidad artificial dentro de la cual la propia humanidad vive sometida sin siquiera saberlo. Por ahora, apenas la mencionaremos: la trilogía de Matrix merece un análisis especial, porque pocas obras anticiparon con semejante profundidad la discusión sobre inteligencia artificial, realidad, libertad y control que hoy dejó de pertenecer exclusivamente al terreno de la ciencia ficción.

Durante más de un siglo imaginamos esa posibilidad en libros y películas. La diferencia es que ahora algunas de las preguntas que pertenecían a la ficción comienzan a aparecer en una fábrica real.
Eso no convierte a la robótica en un enemigo. Automatizar una mina peligrosa, utilizar una máquina para manipular materiales tóxicos, desarrollar sistemas capaces de ayudar a detectar enfermedades o liberar a personas de trabajos físicamente destructivos constituye progreso. La humanidad creó herramientas precisamente para superar sus limitaciones y mejorar sus condiciones de vida. Desde la rueda hasta la computadora, buena parte de nuestra historia puede leerse de esa manera.
Lo que merece discusión es el momento en que el objetivo deja de ser ayudar al ser humano y pasa a ser simplemente prescindir del ser humano.

La pregunta adquiere todavía más importancia porque esta revolución tecnológica combina dos procesos que anteriormente avanzaban separados. La inteligencia artificial está aprendiendo tareas intelectuales mientras la robótica aprende tareas físicas. Una intenta reproducir partes de nuestra capacidad de razonar y la otra partes de nuestra capacidad de actuar sobre el mundo. Cuando ambas convergen, el universo de actividades exclusivamente humanas comienza a reducirse.
La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas también crean empleos que antes no existían. La máquina de vapor, la electricidad, el automóvil, las computadoras e internet destruyeron profesiones y simultáneamente generaron otras. Por eso sería precipitado anunciar un futuro inevitable de desempleo masivo. La incógnita actual está principalmente en la velocidad: si la transformación ocurre demasiado rápido, millones de personas podrían necesitar reinventar sus capacidades laborales en períodos mucho más breves que los experimentados durante revoluciones anteriores.

El trabajador indio con una cámara sobre la frente representa entonces algo bastante más importante que una innovación industrial. Es una metáfora casi perfecta de nuestro tiempo: un ser humano transfiriendo a una máquina el conocimiento que adquirió durante años para que esa máquina aprenda a hacer lo que él hace.

Tal vez por eso el debate sobre robots e inteligencia artificial necesite cambiar de dirección. La cuestión no debería limitarse a preguntarnos qué harán las máquinas con nosotros, porque las máquinas todavía no decidieron construir este mundo. Nosotros sí.

La humanidad lleva miles de años inventando herramientas para vivir mejor. El verdadero desafío de esta revolución será asegurarse de que continuemos haciéndolo con ese propósito y no convertir la capacidad de reemplazar personas en la única medida del progreso.

Porque si algún día descubrimos que hemos construido un mundo en el que el ser humano comienza a resultar innecesario, probablemente será demasiado fácil culpar a los robots. Mucho más difícil será aceptar que nunca llegaron desde otro planeta: los construimos nosotros.

Y antes de preguntarnos qué hicieron las máquinas con la humanidad, quizás deberíamos preguntarnos qué decidió hacer la humanidad consigo misma.

Por: Leonardo E. Medvedoff
Exclusivo para El Sol América